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Casi caribeña, en la ribera más septentrional del golfo de México fue escrita y se ambienta esta deliciosa pieza narrativa de la Literatura Norteamericana.
La católica y caótica Nueva Orleáns, antes francesa, después española y finalmente americana desembocadura del Mississippi es el escenario en que se desarrolla esta humorística novela repleta de la excentricidad más hilarante y la más sutil ironía. Salvando las distancias necesarias que, obviamente son demasiadas, casi me atrevería a decir que nos hallamos ante un espontáneo mini-Quijote americano: una historia grotesca que fuerza a reflexionar profundamente, un desfile de quiméricos personajes caricaturizados hasta el absurdo sin perder de vista ni un segundo ese fondo de humanidad cutre y mezquina en el que antes o después, de una u otra manera, todos caemos. El protagonista de esta historia es lo último que uno querría ser en esta vida, sin embargo en ningún momento podemos dejar de sentir simpatía por él. Nos resultan demasiado familiares todos sus pueriles defectos para poder odiarlo.
La historia engancha al lector desde el principio, no hay página que no se lea y relea con avidez. En la versión original se recrean los múltiples acentos sureños de la tierra de Dixie haciendo de esta novela una verdadera obra maestra. Con todo, la traducción española no es mala: no es poco lo que se pierde al traducir, pero aún traducida, merece la pena.
Tras conocer su prácticamente única obra, nunca dejaremos de lamentar lo suficiente el infortunado suicidio de su joven autor. John Kennedy Toole decidió privarnos de esta manera de su talento, por cierto, reconocido demasiado tarde (póstumamente). Mi mayor admiración y respeto a quien, desde su infelicidad, fue capaz de dejarnos este precioso legado.
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