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Colaboraciones\ BAR DE VIDA

Probablemente muchos de los que leáis este párrafo conozcáis el alambique cuando todo es bullicio, el sol de mañana pega en la chepa y Pedro se las apaña para recordar qué le acaban de pedir ocho chavales de la mesa del fondo. Eso sin descuidar el razonamiento táctico de la jornada 23, cuando el barça jugó fuera, cuidarse de tratar de usted al soplapollas de turno y ensalzar la elegancia de los que entramos o los encantos de las que os vais. Otros lo conoceréis mejor al final de la tarde, con la pinta rubia o el bacardí-cola, Gustavo hablando con todos a la vez y Paco haciendo chistes de cada cosa; por aquí los de siempre, allí un grupo de jóvenes, en ese lado una pareja de nuevos habituales… Seguramente, y dependiendo de la hora o de las veces que hayáis estado, conoceréis el alambique con más o menos bullicio, más o menos movimiento, pero siempre con vida. Por pocos que estemos, siempre con vida.

Hay vida porque ahora es primavera y las chicas están lindas en vestidos de colores, y antes hubo vida, cuando era invierno y los abrigos largos y las bufandas de angora, y había vida antes, cuando era verano y unos iban y venían sin apenas tiempo para cambiar el tercio de mañana y tarde o entre playa y noche.

Y hubo vida en otoño, con las obras, cuando la gente llegaba saltando entre los tablones y las pasarelas, esquivando polvo y barro, y saludaban triunfales a pesar de la calamidad. También eso nos unió. Nos unió el mundial, que este año tocó por la mañana y hacíamos un hueco en los trabajos o en las clases para ver un ratito de partido. Y no sólo nos unió a los españoles, porque había argentinos, senegaleses, y, claro, uruguayos, y todos éramos cómplices casi sin querer, sólo por el hecho de compartir el bar, de ser del alambique.

Ya son muchos los recuerdos que uno tiene del alambique y son muchas las veces que uno entra y llega a puerto. El alambique nos vive en el tintineo de las tazas limpias encima de la cafetera. Respira por el abrir y cerrar constante de la puerta pesada, sangra por las burbujas de cerveza en la barra, bulle por el pasar página al periódico, suda en el calor de la cocina y sopla por el ventilador aire fresco de mañana limpia que huele a limón.

Yo a veces estoy de noche, a punto de cerrar, cuando se fueron los últimos y el bar está en silencio, esperando que seque el suelo recién pasado. Entonces se ve la vida desde donde dice aseos, apenas en penumbra, entre la barra vacía y las mesas de mármol. Se ve el rincón donde estuvisteis hoy, donde estuvimos tantos, al que volveréis mañana los de siempre, al que llegará un día gente nueva y donde los que ya no puedan volver seguirán teniendo un hueco.

a mario, in memóriam. abril, 2003

Café Bar Alambique
Avda. de la Constitución, 52 Tel. 985 34 82 82 email