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Colaboraciones\ La escopeta Nacional

En tiempos acostumbrábamos a salir en bici los sábados, cuando aún había con quien tratar y alguno todavía no iba por la vida de ente superior, libre de toda culpa en las miserias del ser humano. Pero esa es otra historia.

El caso es que salíamos en bici, como digo, y a la vuelta siempre había coña con un letrerín situado al pie de un ramal que arrancaba hacia la derecha en el comienzo mismo del ascenso al Alto de la Madera viniendo desde Noreña. El cartel rezaba así: HAY UN CAMINO A LA DERECHA.

En efecto, había un camino a la derecha que nacía allí mismo, y era obligado preguntarse adónde conduciría aquella senda pregonada de manera tan sugerente. Pero entonces uno retomaba el hilo del anuncio y en la segunda línea podía leer: VOTA BLAS PIÑAR.

Creo que el letrero ya no está allí, que se lo han llevado los rigores de la climatología, los funcionarios encargados de la limpieza viaria o estos tiempos modernos, rojos y dinamiteros.

Yo no había vuelto a saber más de Blas Piñar. De hecho lo daba por jubilado de la vida política o incluso por muerto. Pero el otro día fui y me lo encontré entre las páginas del periódico como recién salido de fábrica: fotografiado en blanco y negro; el cabello perfectamente repeinado hacia atrás; el pecho fuera; el brazo alzado marcialmente; la cara al sol. Y tras él un séquito de leales fascistas, hombres y mujeres, en idéntica posición todos ellos, que sólo faltaba el caudillo para organizar una jornada de pesca de salmón en el pantano más próximo.

La fotografía de marras había sido tomada un día antes, con motivo del anuncio de la fusión de distintas organizaciones de la extrema derecha española para formar una nueva fuerza (una fuerza nueva).

Y yo, infeliz de mí, había creído hasta hoy que estas cosas estaban ya erradicadas de la vida pública. Que sí, de acuerdo, que en la esfera privada muchos españoles aún llevamos dentro un pequeño franquista dos o tres generaciones después de haberla palmado el generalísimo y que esa fue su auténtica victoria, como bien apunta mi señora alacrana. Pero no esperaba que a estas alturas alguien prestase atención a los sueños políticos de un exaltado como éste, igual que nadie atiende a los de otro zumbado cualquiera.

Claro que, bien mirado, en un país cuyo gobierno está integrado por más de un ex componente de las juventudes franquistas, y que incluso se honra en tener de presidente de una comunidad autónoma a un antiguo ministro del Régimen, no debe extrañar que vuelva Don Blas Piñar como volvía el hombre en los anuncios de colonia de hace veinte años. No es más que otro síntoma de la derechización tan brutal que está experimentando este país, que ya no recuerda cómo se vivía antes y cómo se vive ahora.

En estos tiempos en que incluso el Congreso de los Diputados manifiesta unánimemente su condena a la represión de posguerra y su reconocimiento a las víctimas de esa represión, toleramos alegremente que este fascista ande por ahí levantando el brazo a la mínima ocasión y después nos rasgamos las vestiduras porque un chaval se tatúa una esvástica en el hombro. Qué quieren que les diga, a mí no se me hace muy grande la distancia entre uno y otro.

En fin. Por lo que a mí respecta y puesto que, visto lo visto, parece inevitable el regreso de Blas Piñar, espero al menos que vuelva acompañado de sus desternillantes carteles electorales, que las penas con pan son menos. Y de paso, ya puestos, a ver si vuelvo yo a salir en bici y vuelve a haber con quien tratar.


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