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Colaboraciones\ El juez de la Horca

Por aquel entonces teníamos alquilado un piso en el barrio de La Arena. Sobre nosotros vivía una familia compuesta por el padre, la madre y dos hijos en edad adolescente, chico y chica. El primer contacto que tuvimos con ellos fue la vez que el padre nos llamó la atención porque mi perro había estado ladrando por la noche unos días antes: el día de Nochevieja. Tiempo después se compraron un caniche que les salió rana y lo mismo celebraba la nochevieja el 4 de marzo que el 23 de octubre, y uno no sabía nunca cuándo iba a tocar dormir y cuándo pasar la noche en vela con el encantador perrito.

Bien. Tras este prometedor comienzo tuvimos ocasión de conocer al chaval, o más bien sus gustos musicales, que esforzadamente se empeñaba en inculcarnos a través del techo de nuestra casa, con un cassette de esos cutres que distorsionan cuando subes el volumen. Si hay algo peor que Miguel Bosé es Miguel Bosé a través de un arradio a toda ostia desde el piso de un vecino, profanando el sacro duelo entre Alan Ladd y Jack Palance en Raíces Profundas que tú estás tratando de ver en el vídeo.

Después caí en la cuenta de que seguramente mi joven vecino era un tipo afable y tímido que pretendía, únicamente, romper el hielo compartiendo conmigo sus más íntimas aficiones, así que yo, que procuro siempre ser amable, no pude menos que corresponder con un solo de Bill Gibbons convenientemente dirigido hacia el techo con el volumen a tope, para que mi nuevo amigo apreciase, en todo lo que valen, los armónicos del maestro.

El caso es que sin duda él interpretó mal mi gesto conciliador, porque yo no volví a saber más del amante bandido ni del corazón que a Triana va ni de Super Superman don’t you understand we love you. Una pena.

Con la madre tuvo más relación mi señora alacrana, que incluso un día subió a agradecerle personalmente el habernos demostrado que aún hay mujeres que sin descuidar sus obligaciones para con la aspiradora, compaginan ésta con su formación, poniendo al alto la lleva el programa de María Teresa Campos a la vez que rumba a todo rumbar el infernal aparato, cultivando así por igual, y a un tiempo, la desinfección y el intelecto.

Mención especial merece la hija, notable exponente de la adolescencia femenina, que gustaba de ponerse camisetas de esas que llegan por encima del ombligo, dejando expedito el paso al tremendo míchel que se desbordaba, coqueto, por encima del pantalón. Y es que la ninfa debía de pesar como ochenta o noventa kilos. Kilos que extendía, todos y cada uno, por el portal del edificio cuando se reunía con sus amigos en extraño aquelarre de andar tirados por el suelo del mismo, de tal guisa que uno tenía que entrar brincando sobre pantorrillas y muslos para regocijo de los asistentes, que no hacían el más mínimo ademán de apartarse. Kilos, asimismo, que batía ostentosamente sobre el techo de mi casa bailando despendolada algún son de Ricky Martín, que aún no me explico cómo no se nos cayeron las escayolas al suelo.

Y ustedes se preguntarán a qué viene esta historia. Pues viene a que esta mañana al abrir el periódico, me he encontrado a mi ex vecino fotografiado ante las dependencias del ayuntamiento a las que había acudido en olor de multitud para denunciar los desmanes de la movida nocturna en el barrio de La Arena. He podido comprobar, incluso, que todos los periódicos le dedican páginas enteras, y que TLG ha reservado varios minutos de sus noticiarios para este Robin Hood gijonés en santa cruzada contra el ruido y demás molestias que ocasionan los jóvenes a los apacibles vecinos de su barrio. Tócale el dos.

Yo lo único que sé es que quien me molestaba a mí era él, porque tenía que sufrir a su familia continuamente, mientras que el barullo que formaban en la calle los bares de copas se limitaba a ciertas horas de determinados días. Y no voy a negar que resulta fastidioso que la peña se te siente en tu coche, o que te vomiten el portal o el ascensor, pero me fastidia más la idea de que cualquiera pueda tomar a este individuo por un hombre de principios y un ejemplo de urbanidad, mientras yo puedo dar fe de que es el cabeza de una familia ruidosa, maleducada e intolerante, hasta el punto de que cuando nos mudamos pusimos como requisito que fuera un último piso, sin nadie encima, para no tener que repetir experiencia.

En resumen, que nos encanta andar barriendo las casas ajenas mientras en la nuestra se acumula la porquería. No sé dónde cree este tío que aprenden los jóvenes a avasallar al prójimo, pero seguro que no es un efecto secundario del Cola Cao.

Café Bar Alambique
Avda. de la Constitución, 52 Tel. 985 34 82 82 email