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Colaboraciones\ Los Locos de Cannonball

Qué bonita es la solidaridad entre los hombres. Parece ser que algún sindicato percibe jugosas subvenciones de los poderes públicos para organizar cursillos de formación dirigidos a los colectivos más desfavorecidos de la población (curioso calificativo este de “desfavorecidos”, como si el resto de los ciudadanos vivieran del favor de las administraciones públicas). Y entre la lista de enseñanzas que se impartirán, figura un cursillo para aprender a conducir dirigido a gitanos y otro de idéntica finalidad dirigido a inmigrantes.

Ahí estamos. Con un par. Y así, antes de que hayamos terminado de darnos palmaditas en el hombro —qué buenos somos y qué altruistas—, el gitano de turno habrá empotrado su 1430 rojo torete contra el Ibiza de Cholín a la puerta misma del Alambike, por supuesto sin seguro que cubra los desperfectos.

No es manera de ayudar a esta gente a que se integre. La sociedad no funciona así. Si se pretende que un gitano o un inmigrante entre a formar parte de ella como uno más, se le deben dar las “herramientas” para hacerlo. Pero estas herramientas son mucho más que los conocimientos para manejar un coche. Son el respeto a los demás y el sentido de responsabilidad por sus actos. Son la capacidad de sacrificio y de esfuerzo para conseguir algo. Son un nivel cultural básico y unos valores morales mínimos. Son, en definitiva, los esquemas que cada uno debe llevar instalados en su cabeza para desenvolverse en comunidad. Y después el individuo estará acaso en condiciones de buscarse los garbanzos y costearse, si quiere, el carné de conducir por sí mismo.

Claro, uno se da cuenta de que aquí no se trata de practicar la solidaridad ni gaitas por el estilo, sino de mover dinero de unas manos a otras, que el dinero se tiene que mover y ya lo decía el Fary. Porque si no, no se explica que estas acciones dirigidas a los desempleados las lleve a efecto una entidad que está, precisamente, al servicio de los empleados, cual es un sindicato (y esto lo digo porque supongo que el beneficiario será alguien sin trabajo, ya que de no ser así entonces es para armar la de dios es cristo, teniendo en cuenta el precio que se cobra a los demás por una hora de autoescuela), en lugar de los servicios sociales y asistenciales de la administración.
Y es que los curritos también votan y hay que tener contentos a sus líderes sindicales para mantener eso que tanto gusta nombrar últimamente: el statu quo. Así el currante está encantado con la labor de su sindicato; el sindicalista lo está con la pastizorra que recibe; el político cosecha votos y asegura su permanencia en el cargo. Y al Ibiza de Cholín que le den por culo.

Qué bonita es la solidaridad entre los hombres.

Café Bar Alambique
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