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Colaboraciones\ Psicosis

Se llama Fernando Oria. El derecho a opinar es respetable, pero hay muchas opiniones que no son dignas de respeto en absoluto. Es por ello que está muy bien lo de publicar las cartas de los lectores en la prensa local, como bien está que vayan siempre acompañadas del nombre de su autor, para que así podamos conocer al elemento que el día 3 de septiembre anduvo desvariando en El Comercio. Así que ya lo saben: se llama Fernando Oria.

Según confiesa este erudito del civismo y de las buenas costumbres, va por la calle en un sin vivir porque cada vez que se cruza con un perro que no lleva bozal se acuerda de aquel anciano al que un pit bull arrancó los brazos y, presa del pánico, no tiene más remedio que introducirse en el portal más próximo a esperar que pase de largo. Como se lo cuento. Por eso exige que se coloque un bozal a todo perro potencialmente peligroso, no ya para que no muerdan a nadie, sino para que él pueda pasear su demencia anticanina por las calles de Gijón sin que nadie le moleste, que eso resulta mucho más cómodo y barato que acudir a un psicólogo u ocupar su cabeza en la lectura de un buen libro en lugar de tragar tanta página de sucesos.

Aquí cabría hablar de la intolerancia y de la curiosa manera de convivir del ser humano, que consiste básicamente en no convivir. Sin embargo, resulta más llamativo el fenómeno de estas psicosis generalizadas que periódicamente se instalan en la sociedad, como está ocurriendo ahora con los perros. Son como las estampidas del ganado en las películas de John Wayne, cuando una vaca se asusta y echa a correr y todo el rebaño la sigue, frenético, sin saber a ciencia cierta hacia dónde corren ni de qué demonios huyen. Sólo es un mecanismo de defensa de los animales que viven en grupo.

De igual forma, el grupo hace fuerte al hombre y por eso nos pasamos la vida reafirmándonos como miembros de una sociedad, buscando su aprobación, haciendo todo lo que es tradicional y viviendo como vive todo el mundo y, por supuesto, rechazando unánimemente lo que resulta ajeno a las costumbres establecidas, sin pensar, sólo porque así lo dicta la manada que nos arropa y de la que no queremos, por nada del mundo, que nos excluyan.

Y esto es lo que está ocurriendo, ni más ni menos, con el tema de los perros en Gijón. Si todo el mundo tuviera perro, el Sr. Oria no se atrevería a protestar. Hay muchos más accidentes de tráfico que ataques de perros, pero nadie se esconde en un portal al paso de un Mercedes. La única diferencia es que todo el rebaño tiene coche mientras que sólo unos pocos tienen perro.

Lo que debe hacer usted, Sr. Oria, es dejar a la gente en paz y ponerse en manos de un profesional que le cure su neurastenia. Y después cómprese un buen libro.


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