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Estaba yo dando de comer a mi perro y ojeando por encima de su cabeza los periódicos atrasados que extiendo por el suelo a modo de mantel, cuando reparé en un artículo que firmaba la sagaz Rosa Villacastín en el margen de una de aquellas páginas. No recuerdo de qué periódico se trataba y tampoco el país en que habían acaecido los hechos que ahora eran objeto de sutilísimo análisis por parte de la periodista. Lo que está claro, dada la naturaleza de lo ocurrido, es que caía dentro de las fronteras del islam. Una mujer de treinta y tantos años, de buena familia, había tenido relaciones sexuales con un niño así como de trece o catorce perteneciente a un estrato social inferior, y el tribunal encargado de juzgar los hechos había sentenciado que todos los hermanos de la señora debían violar a la hermana mayor del mozo a la vista y con el consentimiento de la familia. La citada periodista, en un ejercicio de lucidez impresionante, clamaba contra el machismo y contra el atropello de los derechos de la mujer, herida en su sólida convicción feminista.
Y uno se pregunta si esta buena señora será realmente tan torpe como aparenta. Porque a lo mejor no es así y lo que pasa es que la cuestión feminista viste mucho y vende más aún y para estar en la tele y escribir en los periódicos hay que bramar contra el macho opresor con cualquier excusa, aun cuando, como es el caso, ello suponga confundir el culo con las témporas.
Digo esto porque aun suponiendo que un púber de esa edad en una sociedad castigada por guerras y miserias sea lo suficientemente adulto como para hacerle responsable de haberse beneficiado a una señora veinte años mayor que él, lo previsible habría sido que el castigo se le aplicase a ella a tenor del machismo imperante allí. Por otro lado, quizá la Sra. Villacastín vería menos grave que se hubiese violado a un hermano del chavalín en lugar de una hermana, o que a él mismo lo hubieran capado para que se le quitara esa manía suya de andar por ahí pervirtiendo a mujeres mayores.
No pretende este alacrán quitar un ápice de gravedad a la violación de una mujer, pero me temo que aquí estamos hablando de un atropello de la integridad de la persona y sus derechos fundamentales, sea hombre o mujer, por cuestión de su casta social además de su sexo. Las agresiones sexuales constituyen un delito de los más repugnantes que uno pueda imaginarse, pero aún es más repugnante administrar que hay quien puede ser violado y hay quien no, especialmente si la cuestión se dirime en función de la posición social.
Antes que hablar de igualdad entre hombres y mujeres, quizá deberíamos hablar de igualdad de todas las personas entre sí, con independencia de su raza, su nacionalidad, su religión, su condición social y, por supuesto, su sexo.
Esto podría ser un razonamiento mínimamente serio de la cuestión, pero, claro, dónde buscar la seriedad de una feminista que acto seguido y sin embarazo se va a la tele a comentar con Ana Rosa Quintana (otra) los modelitos de la última Pasarela Cibeles.
Y ya ven, seguro que esta alumbrada tiene más de un libro publicado con gran éxito de venta. Así nos va.
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