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ARTÍCULOS\ San José, el pueblo de asturianos que Uruguay convirtió en maragatos

Los Larriera, uno de los clanes pioneros de la emigración asturiana en Uruguay.


La localidad fue fundada en 1783 por 43 familias asturianas y una sola de la zona de Astorga, y, pese a ello, a sus vecinos se les aplica el gentilicio propio de la Maragatería

Oviedo, Ángela LÓPEZ

«Si se apellida Larriera, es de San José. Y de la más pura sangre langreana», asegura Armando Olveira. Este periodista montevideano, descendiente de naviegos, habla de uno de los clanes pioneros de la emigración asturiana en Uruguay en su libro «Héroes sin bronce». El patriarca de la saga, Miguel Manuel de la Riera, fue uno de los cabezas de familia que fundaron, allá por 1783, el pequeño pueblo uruguayo de San José. Ésta es una localidad con una historia paradójica: fundada en su gran mayoría por asturianos -43 familias del Principado, frente a cinco castellanas, tres gallegas y una andaluza-, a sus vecinos se les aplica, aún hoy, el gentilicio de maragatos. Y eso pese a que, de la zona de Astorga, sólo había una familia, que, encima, no dejó descendencia.

Armando Oliveira se traslada a 1783. «Éste es el año en que los cabezas de familia se afincan definitivamente en San José, la única ciudad de América del Sur fundada por más de un 80 por ciento de colonos asturianos», cuenta el escritor uruguayo. Para la gente de la zona, esta pequeña villa, llamada en un principio San Josef, era «la villa de los asturianos», prosigue. «Lo extraño, llamativo y paradójico es que el gentilicio de los habitantes de San José es maragatos, en "honor" a la única familia de la Maragatería, de apellido Pérez, que llegó hasta el lugar», matiza el uruguayo.

Según Olveira, este equívoco pudo deberse a que la casa de los Pérez era la primera que se encontraban los muchos viajeros que iban desde Montevideo al fuerte de Colonia del Sacramento. «Al parecer, la señora Pérez cocinaba muy bien y los aventureros paraban en su casa a descansar del largo trayecto», explica.

Así, en los cuadernos de viaje de estos visitantes podían leerse frases como «llegué a una villa recientemente fundada por maragatos». El equívoco viajó con ellos por todo el país y esta impresión se convirtió en una tradición. «Lo más curioso es que los descendientes de los Pérez se perdieron en el gris de la historia -cuenta-, ya que el primogénito de la pareja no dejó descendencia».

Los verdaderos fundadores de San José fueron, sin embargo, los De la Riera. El tradicional apellido asturiano, aunque convertido en Larriera, asegura Armando Olveira, se mantiene como patrimonio de la memoria colectiva en Uruguay, desde siempre ligado, además, a empresas agroindustriales de corte familiar.

La historia de los De la Riera es la de muchos otros asturianos que, bien entrado el siglo XVIII y anhelando lo mejor para sus familias, embarcaron rumbo a las Américas en busca de una vida digna, que, por aquel entonces, no hallaban en su querida patria. México, Cuba, Argentina, Venezuela fueron los países que más emigrantes acogieron, pero también hubo otros como Uruguay, que recibieron a aquellos que sembrarían la semilla de la asturianía en ultramar. Sin embargo, muchas de las historias protagonizadas por aquellos intrépidos colonos asturianos han quedado perdidas en la memoria, difuminadas por confusiones históricas o anecdóticas. Éste es el caso de aquellos «paisanos» que participaron en la fundación de pequeños pueblos como San José, y que Armando Olveira Ramos ha querido rescatar del olvido.
«Héroes sin bronce es un calificativo que les va perfecto a los fundadores de San José», explica Olveira, que cuenta que estos colonos olvidados defendieron el que consideraban su nuevo país, Uruguay, hasta el punto de luchar contra la invasión de los ingleses en 1806.
En esta aventura literaria, el periodista y corresponsal de la revista «Ábaco» de Gijón contó con la ayuda de Daniel Ramela, «un entrañable maragato de sangre astur» que le ayudó a comprender el porqué de tamaño olvido.
«San José sufrió un proceso de desmemoria de su asturianía, iniciado en el momento en que alguien nos puso el inexplicable mote de maragatos», afirma Ramela. «Ha llegado la hora de saldar la deuda que tenemos con el Principado», considera este cantor de tangos y profesor de Lengua.
El interés de Ramela por su genealogía le llevó a descubrir que por sus venas corre sangre «noventa y nueve por ciento asturiana», ya que el uno por ciento restante lo aportó su padre, el italiano Atilio Ramella. Poseedor de una memoria prodigiosa, pasó su vida traduciendo y enseñando idiomas: inglés, francés, italiano, portugués y alemán, agregando a esta larga lista el asturiano, lengua que, dice, aprendió «por contacto»: hablando, leyendo y escuchando textos en asturiano, ya que nunca viajó a Asturias a conocer la lengua de primera mano.

«La pasión de mi bisabuelo por recopilar todo cuanto se tenía sobre San José y su fundación me entusiasmó, así que reanudé su trabajo y comencé a investigar sobre los primeras familias del pueblo», explica Ramela.

«Aquellos fundadores fueron todos humildes labradores, muy trabajadores, honestos y de carácter, aunque por desgracia eran analfabetos», explica Olveira, quien en su libro recoge el lamento de Ramela por la escasez de pruebas documentales de aquel momento. «Hay documentación eclesial y civil, pero pocos testimonios de la vida diaria», señala el profesor. «Nuestros asturianos eran muy simples, no tenían ni cronistas ni memorialistas, así que nada dejaron escrito. Lo que sabemos hoy y hemos recogido se lo debemos a sus hijos y nietos, que fueron anotando lo que recibían oralmente», explica.

Ambos, periodista y cantor de tangos, se afanan en desvelar los logros de sus antepasados, conseguidos «con mucho esfuerzo» en una época que «cada vez se asemeja más a la nuestra». «La importancia de investigar sobre los antepasados y en este caso los nuestros que venían de Asturias tiene que ver con la circularidad de la historia», apunta Olveira.

Y es que ayer fueron los asturianos los que se armaron de valor y cruzaron el Océano en busca de «algo mejor». «Hoy somos nosotros, nuestros hijos, los que armamos las valijas en busca de un futuro en el Viejo Mundo, y España es nuestro norte», reflexiona Olveira. «Ojalá -confía- conocer estos relatos, cómo fue aquella historia y sus protagonistas aporte una sensibilización a quienes discriminan a los "sudacas", porque, seguramente, sus abuelos, padres o tíos también fueron emigrantes».

 

Fuente La Nueva España

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